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La Cueva de Altamira. La cueva de Altamira, situada en una de las colinas del monte Vispieres, al suroeste del municipio de Santillana del Mar, alberga los testimonios de arte paleolítico de mayor reconocimiento e importancia a nivel internacional de Cantabria. La estancia principal, denominada sala de polícromos, era tradicionalmente llamada capilla sixtina del arte cuaternario. El descubrimiento casual de la cavidad por un cazador se produjo en 1868; sin embargo, la apreciación de su valor y su estudio no comenzó hasta 1876. Aquel año, Marcelino Sanz de Sautuola, un terrateniente vecino de Puente San Miguel aficionado a recoger antigüedades, insectos y otras rarezas, especialmente conocido en los medios culturales cántabros, fue informado a través de su aparcero Modesto Cubillas de la existencia de una caverna cuyo acceso habían despejado las vibraciones provocadas por los trabajos de extracción de piedra de una vecina cantera. En aquel entonces Sautuola realizó una breve visita a la caverna. Dos años más tarde y después de acudir a la Exposición Universal celebrada aquel año en París, regresó a la cueva y emprendió una excavación con el propósito de encontrar en ella alguno de los testimonios prehistóricos descubiertos en Francia que él había podido contemplar en la feria. Un día durante la campaña en la cual aparecieron numerosos útiles de piedra y hueso, la hija de Sautuola, María, se adentró en la gruta y descubrió el techo de los polícromos, dándolo a conocer a su padre exclamando “¡Papa bueyes!”. Convencido de la trascendencia de su descubrimiento, en 1880 Sanz de Sautuola lo incluyó en su texto Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander donde expuso toda una serie de razonamientos por los que llegaba a la conclusión de que se trataba de arte perteneciente a la Prehistoria. La perfección de las representaciones, sembró rápidamente las dudas sobre su autenticidad y ésta fue rápidamente refutada tanto por investigadores franceses como españoles, convencidos evolucionistas para quienes las manifestaciones artísticas prehistóricas parecían contradecir las tesis darwinistas. Sautuola falleció en 1888, sin ver reconocida la valía de su descubrimiento.
A finales del siglo XIX se empezaron a despejar las dudas al producirse varios descubrimientos de pinturas y grabados prehistóricos en diversos lugares de Francia, entre ellos La Mouthe, Les Combarelles o Font de Gaume en la Dordoña. En 1902, los investigadores franceses Henri Breuil y Èmile Cartailhac realizaron una visita a Altamira de la cual surgieron el artículo Las cavernas decoradas con pinturas. La cueva de Altamira, España. Mea culpa de un escéptico y un libro financiado por el príncipe Alberto I de Mónaco, que sancionaron a nivel internacional la autenticidad de las pinturas de Altamira. Aquel mismo año, la Real Academia de Bellas Artes encargó a Hermilio Alcalde de Río, fundador de la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega y a Augusto González Linares, director de la Estación de Biología Marítima de Santander, la elaboración de un dictamen sobre el mérito e importancia de la cueva de Altamira.
En 1910, el Ayuntamiento de Santillana creó la Junta de Conservación y Defensa de las Cuevas de Altamira. El 25 de abril de 1924, la cavidad fue declarada declaración como Monumento Arquitectónico Artístico. En 1940 se creó el patronato de la cueva. A partir de los años setenta, se restringió la entrada a las cuevas de cara a la protección de las representaciones (desde 2002 permanecen cerradas. En junio de 1979 se creó el Museo y Centro Nacional de Investigación de Altamira. En 1985 fue inscrita en la lista de Patrimonio Mundial de la Humanidad de la Unesco. A mediados de los noventa los representantes del Ministerio de Educación y Cultura, el Gobierno de Cantabria, el Ayuntamiento de Santillana del Mar y la Fundación Marcelino Botín constituyeron el Consorcio de Altamira encargado de gestionar y financiar una nueva sede museística y la réplica de la cueva. El 17 de julio de 2001 se inauguraron las instalaciones del Museo de Altamira, proyectado por el arquitecto Juan Navarro Baldeweg y situado a escasos 300 m de la entrada de la cueva original. El centro incluye una reproducción a escala 1:1 de la caverna tal y como era hace miles de años y una didáctica exposición permanente que introduce en el modo de vida, el arte y la investigación de la Prehistoria, merced a un amplio despliegue de réplicas e instrumentos originales.
La cueva y sus tesoros. En el Paleolítico la cavidad contaba con una amplia entrada desde la que se accedía a un vestíbulo espacioso ocupado por seres humanos hace 18.500 años en el marco cultural del Solutrense Superior y hace 16.500-14.000 años, al final del Magdaleniense Inferior. Hace 13.000 años, el techo de la entrada se desprendió, contribuyendo a que se preservaran los testimonios dejados por el hombre paleolítico, entre ellos las expresiones de arte parietal prehistórico. La sala de polícromos, donde se concentran gran parte de las representaciones pictóricas, es el sector más conocido de la cueva. En él se puede ver una treintena de bisontes en múltiples posturas y otros animales de gran tamaño (dos ciervas, dos caballos) –la mayoría miden dos m desde el morro hasta el comienzo de la cola–, ejecutados en el Magdaleniense y datados entre el 14.900 y el 14.100 BP. Conviven junto a estas grandes imágenes otras más antiguas datadas en el Solutrense Superior de caballos en líneas rojas y negras, además de varias manos en negativo, cabras y ciervos. El resto de la cueva acoge sucesivamente otras representaciones como signos tipo macarrón realizados con el dedo sobre la arcilla, diversos grabados de caballos, signos escaleriformes, grabados de ciervos... Hacia la mitad de Altamira se encuentra ‘La hoya’ o cuarta sala en la cual se pueden ver, entre otros el grabado de una cabra en negro. Más adelante se localizaron más signos y un cuadrúpedo negro. El tramo final, llamado ‘La Cola de caballo’ por su singular relieve, a doscientos metros del vestíbulo, también custodia numerosas manifestaciones artísticas (datadas en torno al 15.500 Antes del Presente), entre ellas dos máscaras ejecutadas en trazos negros aprovechando la forma saliente de la roca.
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